miércoles, 13 de agosto de 2014

Sobre los trajes tristes

El último invierno no solo trajo grandes heladas. También cruzó por  la pintoresca entrada del pueblo, ubicada a orillas de la ruta 51, un Dodge 1500 de color celeste. A bordo del bólido, con una mano en el volante y otra en la palanca de cambios con un Le Mans entre los dedos, se encontraba el Licenciado Silvestre Perez Girón. En su historial, un título de licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires y un doctorado en la Asociación Psicoanalítica de Argentina. Probablemente, lo más osado que había hecho hasta entonces. En su guantera, un mapa de argentina, los papeles del auto a nombre de un tal Sergio Lambeta y varios paquetes de cigarrillos Le mans. Había estado conduciendo durante horas sin frenar más que a cargar gasolina, comprar café o usar los baños de las estaciones de servicio. Viajaba desde muy lejos. Más lejos que el invierno y el otoño también.

El verano del 1985 lo encontró a Silvestre con birrete y diploma. Era el final de una exitosa carrera. Sus padres, orgullosos, aplaudían desde las gradas al tiempo que sonreían y lloraban de la emoción. Su novia, Renata, aullaba hasta lastimar los oídos de los más cercanos a ella. Todo era como debía ser. 25 años, un título, una novia, un departamento heredado devenido en consultorio. Solo faltaba pararse frente al altar y gritar “Sí” a los cuatro vientos, a la vida misma. Poco tiempo iba a pasar para ver el gran vestido blanco cruzar el gran portal. Allí estaban, Renata y Silvestre, con los ojos llenos de esperanza, llenos de futuro, aceptándose para toda la vida (no la muerte) ante todo un enorme tribunal de testigos emocionados, algunos aburridos, otros distraídos, algunos celosos y un par de ellos detrás del gran portón, vergonzosos, fumando, esperando.

Los años siguientes fueron insoportablemente iguales. De la casa al trabajo y viceversa. Los sábados, con los padres de ella, los domingos, con los de él. Lo único que variaba era la tristeza que día a día se volvía más profunda. Tristeza que se acrecentaba por la imposibilidad de Renata de contraer un embarazo. Toda esa situación le resultaba tan “embarazosa” que todo ese dolor lo guardaba dentro de ella como un tesoro maldito que nadie jamás tendría que saber. La culpa era un sentimiento que había adquirido desde la primera infancia y se había unido como grasa en toda su carne. Había cubierto cada órgano de su cuerpo. Por esos días, se había vuelto insoportable. Ya había probado todas las maneras posibles de que crezca en su vientre la descendencia que su marido y ella tanto esperaban, pero lo único que se agrandaba como un tumor era la culpa.

Por el pasillo del consultorio unas piernas largas flameaban como rayos naranjas calentando todo a su paso y se posaban sobre el sillón en frente del Dr. Pérez Girón. Era la primera sesión de Carolina. El motivo, que manifestaba abiertamente por cada rincón de la sala era que había sido engañada por su pareja y que tenía fuertes deseos de venganza que no podía calmar. O que no quería calmar, y por eso necesitaba ayuda profesional. Es por ello que por recomendación de una compañera de trabajo cayó en el diván de Silvestre, y ni bien apoyó su cuerpo las palabras brotaron como fuego.  

Las sesiones fueron pasando y todo ese odio se fue canalizando y transformando en amor. Pero no cualquier amor, sino un amor transferencial. Una devoción casi insostenible para con su analista. Cada palabra que salía de sus labios intentaba despertar la masculinidad, cada movimiento fríamente calculado se comportaba como un imán sexual. Hasta que no hubo otra alternativa. Era el final de la terapia. Era el comienzo de la tempestad.

Unos meses más tarde, entre las mismas piernas que habían incendiado el consultorio, se asomaba Dolores. Dos kilos y medio de amor, de culpa, de dolores. Por la ventana, el padre miraba a su hija, atónito, incrédulo, vacío. Tanto tiempo había esperado este momento. Pero lo real, nunca se presenta como en la fantasía. Solo parcialmente. ¿Y dónde estaba el resto? La otra parte de años de planes, sueños y deseos.
La otra parte, la media naranja, se pudría en su cama con las manos en la cara para ver si lograba desaparecer detrás de las lágrimas. De pie, a unos metros infinitos de distancia, en un silencio tormentoso, Silvestre, con los ojos blancos perdidos la veía allí, indefensa, sola, interminablemente triste, y con los pies llenos de plomo cruzaba esa puerta por última vez.

No había lugar en la ciudad para tanto desengaño. No quedaba amor disponible para Renata, ni para Carolina. Inclusive tampoco para la pequeña Dolores. Toda la estructura se quebró. El huracán había arremetido a los árboles en invierno, y a cada paso, las botas hacían crujir las ramas secas de tanto llorar en el suelo. Había mancillado el apellido. Había contaminado la burbuja. Se sentía perturbadamente liberado. Se despidió sin saludar. Adiós a todos. Sobre todo al Dr. Pérez Girón.

No le resulto difícil conseguir su nueva identidad. Durante años tuvo un paciente experto en el arte de la falsificación. Un tipo totalmente amoral, desprovisto de todo tipo de cariño, que había sido abandonado a los pocos años de vida. Siempre decía, que a partir del abandono, su misión en la vida era darle a las personas nuevas identidades donde se sientan cómodas.

Con su flamante documento y veinte mil pesos tocó el timbre de un tal Ricardo Gómez. Después de todos los formalismos correspondientes a una transacción, y luego de haberlo probado por el barrio y notar que todo estaba en su preciso lugar, Sergio Lambeta apretó la mano de Gómez y se fue cruzando la noche en su Dodge 1500 de pálido color celeste, dejando atrás nada más ni nada menos que treinta y ocho años de vida. En la primera gasolinera se abasteció de tabaco, café y de un gran mapa del país. Después de meditar un largo rato decidió ir para algún lugar cercano pero invisible. Tomó el acceso oeste buscando desaparecer por completo.

Lo primero que hizo al llegar al pueblo fue buscar un lugar donde apoyar su pesada cabeza.  Con el traje cansado y triste se paró frente a la casa de la señorita Mercedes. Hasta allí lo había guiado Román, el dueño del almacén. La puerta de madera tenía una pequeña ventana por donde los ojos de la chica examinaban cada detalle del hombre iluminado por el farolito de arriba. La amarillenta y opaca luz reflejaba un aspecto moribundo y pálido del rostro del visitante. Tenía el semblante de alguien que venía escapando desde mucho tiempo atrás. La piel reseca y partida de tanto viento en contra.

  • -            Buenas noches, mi nombre es Sergio. Me dijo Román, el del almacén que usted tenía un cuarto disponible.
  • -            Hola. ¿Quién es usted? ¿De dónde viene?
  • -            Me llamo Sergio Lambeta. Vengo viajando desde lejos. Necesito un lugar donde dormir para mañana poder seguir mi viaje.
  • -            ¿Y para dónde está viajando?
  • -            Para el sur. Me gustaría vivir cerca de un bosque, de un lago.
  • -            La habitación tiene un costo de 200 pesos.
  • -            No hay problema, traigo suficiente dinero. De hecho, le quería pedir si usted podría cocinarme algo caliente. Claro que le pagaría por ello.
  • -            Pase, le voy a mostrar su habitación.
  • -            Muchas gracias señora.
  • -            Señorita.
  • -            Señorita, disculpe.


Cruzaron por la sala principal hasta el pasillo. La segunda puerta daba paso a la pequeña habitación. Una cama en uno de los rincones. En otro, un mueble viejo con varias revistas repletas de polvo. Una mesa de luz sin luz. Una gran cruz de madera. Una ventana imposible de cerrar por completo, con unas cortinas de búlgaros azules, marrones y rojos.

  • -            Póngase cómodo. En media hora va a estar la cena. Saliendo a su izquierda tiene un baño.
  • -            Muchas gracias señorita.


A la mañana siguiente, después de la noche más cruda de su vida, cuando estaba dispuesto a seguir su rumbo incierto, un inconveniente técnico lo obligó a postergar su partida. Así como un guiño de la vida, como una señal inesperada que lo detuvo. El Dodge 1500 se había congelado. Se quedó suspendido en el tiempo. Cualquier esfuerzo por despertarlo era inútil. Era domingo en el pueblo, y el mecánico había viajado a la ciudad para visitar a su hijo. Habría que esperar al menos un día más para seguir la odisea. Veinticuatro horas más en ese lugar inhóspito. Anacrónico.

  • -            Le voy a preparar algo caliente.
  • -            Gracias.
  • -            Allá al sur, a donde va, ¿tiene familia?
  • -            No.
  • -            ¿y desde dónde viene?
  • -            De ningún lugar.
  • -            Todos venimos desde algún lado.
  • -            No. Yo no. No vengo desde ningún lugar, y tampoco sé bien hacia donde voy. Le dije el sur por ponerle algún nombre, pero la realidad es que no tengo norte, paradójicamente.
  • -            ¿Se está escapando de algo señor?
  • -            No se preocupe señorita. Soy un buen hombre, lo que pasa es que no tengo nada para contarle. No tengo pasado. Y como no tengo pasado, tampoco tengo futuro. Soy un papel en blanco. Todo lo que se inscriba se decide en este preciso momento. Yo lo decido, usted lo decide, esta conversación definitivamente lo decide.
  • -            No entiendo una palabra de lo que me dice. Tome, acá tiene café.
  • -            Gracias. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Qué haces usted? Es decir, ¿Cómo mata el tiempo?
  • -            Trabajo acá, en la casa. Tengo algunas gallinas y un par de ovejas. También ayudo a la señora Gutiérrez, que ya está muy vieja. La ayudo en sus quehaceres.
  • -            ¿Y cómo hace para mantenerse? ¿Cuánto puede aguantar con doscientos pesos? ¿O acaso vienen muchas almas perdidas como la mía?
  • -            Mire, yo no sé desde donde viene usted pero acá vivimos tranquilos. No necesitamos mucho. Somos felices con poco.
  • -            ¿Pero usted no necesita trabajar? Esta casa es bastante grande. Digamos que de alguna manera tiene que mantenerla.
  • -            Perdón señor pero no tiene porque meterse en mi vida y en lo que yo hago con ella. Usted no tiene pasado, o como dice, entonces yo para usted tampoco lo tengo. Me voy a lo de la señora Gutiérrez. Le pido por favor que limpié la taza cuando termine y se busque otro lugar donde quedarse. Adiós.

Lavó la taza, pero no se fue.

Los primeros días en el pueblo fueron muy difíciles para Sergio. Era un extraño que había llegado desde otro mundo y a nadie parecía agradarle la idea de tener a un extraterrestre viviendo en lo de la viuda de Don Alfredo. ¿Qué pensaría él si aun viviera? ¿Qué extraños sucesos pasan adentro de esas cuatro paredes? ¿Por qué Mercedes dejaría entrar a un desconocido? Todos estos interrogantes poco a poco se fueron yendo junto con los días fríos y la primavera empezó a florecer en el pueblo, y también en Sergio.

Durante la época de la cosecha, acompañó al viejo Oscar por los campos de la zona. En esas eternas noches pegajosas, las charlas eran bálsamos refrescantes para ambos.

  • -            Decime la verdad pibe, ¿De qué o de quién escapas?
  • -            De nadie Don Oscar. Ya le dije que las presiones de la ciudad me estaban consumiendo y necesitaba darle un giro a mi vida porque si no iba a terminar mal.
  • -            ¿Vos conoces eso que dice que más sabe el diablo por viejo que por diablo?
  • -            Si claro.
  • -            Bueno entonces decime la verdad. Yo seré de campo, seré bruto, pero tengo más años que la mayoría acá en el pueblo y se cuando la gente me esconde algunas cuestiones.
  • -            Mire Don Oscar, yo no quiero subestimarlo ni ponerme en contra de usted pero la realidad es que no hay un hecho concreto que me haya obligado a escapar como rata por tirante. Para usted que le gustan los refranes.
  • -            Pibe, si no queres contarme está bien, no te voy a obligar a hacerlo. Pero te voy a dar un consejo. Las cosas que uno se guarda y le hacen mal, cargan el corazón hasta explotarlo. Hasta mañana pibe.
  • -            Buenas noches, Don Oscar. Que descanse.

Los días que siguieron fueron insoportablemente iguales. Trabajando de sol a sol con una temperatura que partía la tierra. Por las noches, un silencio que cosía la tierra nuevamente. Se habían suspendido las palabras. El corazón de Sergio se estaba cargando de más. Estaba a punto de explotar aquel 24 de diciembre, antes que los propios fuegos artificiales de las fiestas. Por suerte para su salud, la boca se abrió antes de la explosión.

  • -          De mi mismo.
  • -          ¿Qué decís pibe? No te escuché
  • -          Que de mí mismo. De eso me escapé.
  • -          Nadie escapa de uno mismo. Podes irte lo más lejos posible, pero siempre llevas con vos tu cabeza, tu pasado.
  • -          Yo no tengo pasado. Es decir, mi pasado es reciente. Mi vida empezó el día que llegué a este pueblo, hace unos meses.
  • -          Mirá pibe, por más que hayas cometido la peor de las macanas, eso también es parte de tu vida y hay que hacerse cargo. Por más que quieras olvidar, el pasado siempre vuelve. De cualquier forma, pero vuelve.
  • -          En mi vida anterior, yo no elegí nada. Todo lo que fui me llegó por mandato. Familiar, social, económico. Tenía que ser alguien importante, tener cierto status, una carrera, una mujer, hijos, una religión que en lo posible crea en un solo dios, un automóvil y tantas otras cosas.
  • -          ¿Todo eso tuviste y lo abandonaste así como si nada? ¿A tu mujer, a tus hijos?
  • -          Yo creía que amaba a mi mujer. Con el tiempo me fui dando cuenta que lo único que quería era darle un hijo a ella, un nieto a mis padres, a mis suegros, un cristiano más al mundo.  Después, más tarde caí en la cuenta que todo esa era pura estupidez. Ojo, no soy tan sabio, no me cayó del cielo. Todo pasó porque mi mujer era infértil. Para ella fue la muerte. Para mí, una señal. Por más malo que parezca, fue lo mejor que me pudo pasar. Yo entiendo que ella sufrió mucho, y eso mucho tiempo me hizo muy mal, pero la realidad es que ya no la amaba. Creo que nunca la amé. Ella tampoco. Solo amaba el deseo de ser madre, y la vida que es tan cruel, se lo negó. Pero yo, que soy mucho más cruel, o lo era, en complicidad con la vida, le refregamos en su cara que yo no tenía ningún problema para tener hijos. Entonces fui, y embaracé a otra mujer. ¿Usted cree que ella se enojó conmigo por haberla engañado con otra? Yo al principio creía que sí, pero con el tiempo me di cuenta que eso no importaba en lo más mínimo. Ella quería un hijo, no fidelidad. ¿Usted que cree? ¿Qué la parece toda esta situación?

El viejo tardó varios minutos en procesar tanta información junta. Se le había caído encima toda la estantería y había que acomodarla de a poco.

  • -            ¿Es verdad lo que me estás contando pibe? ¿Engañaste a tu mujer? ¿Embarazaste a otra? ¿Abandonaste a las dos y también a tu hijo?
  • -            Hija. Dolores.
  • -            Como sea ¿Tuviste una hija y la dejaste sin padre?
  • -            La vi solo una vez. A través de un vidrio, no la toqué, ni siquiera pude sentir su olor. Ella no me vio. No me siento su padre.
  • -            Y claro. Como va a sentirlo si te escapaste pibe, si nunca la tuviste en brazos, si no la besaste, si nunca sentiste amor por ella.
  • -            ¿Cómo quiere que sienta amor por alguien que no elegí? Yo no quería tener un hijo. Ni siquiera sé si realmente quería acostarme con esa chica. Lo único que quería era descargarme de todas las presiones. De todas las prisiones.
  • -            Estás muy equivocado pibe. Espero que algún día entres en razón del dolor que provocaste.

Ni bien termino de soltar estas últimas palabras, Don Oscar se fue perdiendo solo, a través del campo, iluminado por el atardecer que caía sobre los dorados campos de trigo y rastrojos.

Ya había caído el sol por completo y la noche buena hacía su entrada silenciosa. Era la hora de volver al pueblo para celebrar la navidad. Allí las luces titilaban como luciérnagas en cada casa. Allí la gente había colocado sus mejores manteles. La cena estaba a punto de servirse. La sidra y el vino bailaban en las copas que chocaban unas con otras. Los más pequeños volaban con sus estrellas por los jardines, bien peinados, mareados por los perfumes de las abuelas y de las tías abuelas. Sin embargo, no había rastro alguno del Dodge 1500.

En el campo, el dorado había mutado a un plateado que abrazaba a lo largo y a lo ancho. Entre las ramas del monte se filtraba la luna dibujando con las sombras un aspecto atigrado en el cuerpo de Don Oscar que se estremecía sobre la tierra.

  • -            Por fin lo encuentro Oscar. Vamos, levántese que ya es tarde y nos están esperando para la cena de navidad. Su mujer debe estar muy preocupada, y también Mercedes, que usted sabe lo estructurada que es con todo, sobre todo con el horario. Vamos Don Oscar, olvídese de lo que hablamos hace un rato. Otro día le explico mejor como fueron las cosas. Ahora no es momento de quedarse pensando, es hora de volver para festejar todos juntos.

Sin embargo, ninguna palabra parecía perturbar la quietud del hombre. Tenía la mirada suspendida.

  • -            ¿Qué le pasa Dos Oscar? ¿Se siente bien? Dígame por favor  que le sucede. Entiendo que este enojado conmigo por las cosas que dije pero mejor hablemos bien mañana. Hoy es un día de fiesta y todo el pueblo nos está esperando. Sobre todo a usted.
  • -            Pibe, ¿alguna vez te conté de Alfredo?
  • -            ¿Su hijo? Mercedes me contó muy poco de él. Parece que era un gran hombre por lo poco que me dijo.
  • -            ¿Sabes cuál era su sueño? Formar una familia. Se casó de muy jovencito con Mercedes. Los dos eran jovencitos.
  • -            ¿Y nunca tuvieron hijos?
  • -            No. No podían. El no podía. Ella sí. Cuando nos enteramos del problema fue como si le hubieran quitado una parte importante de sus cuerpos, de sus mentes. La parte de los sueños, de los deseos, de aquello que uno espera por mucho tiempo. Por lo que uno trabaja muy duro. Como si de repente la vida dejara de tener sentido. Tanto, que se terminó muriendo. Matando.
  • -            Le pido disculpas Don Oscar, no sabía nada de todo esto. Mercedes nunca habla de su muerte. Yo nunca quise preguntarle por temor a incomodarla.
  • -            A ella le hace muy mal hablar de él. Sufrió mucho los últimos años. Alfredo estaba muy mal, muy violento. Toda esa violencia la depositó en Mercedes. Culpa de la bebida pibe.
  • -            ¿El era alcohólico?
  • -            Se volvió. Cuando se enteró que no podía tener hijos empezó a tomar. Cada vez más. Todas las noches llegaba borracho a su casa. Algunas ni llegaba. Una, nunca llegó. La recuerdo como si fuera hoy. Una de esas típicas tormentas de verano que arrasan con todo a su paso. Alfredo había ido hasta el otro pueblo a cobrar un dinero por un trabajo que había hecho en el campo de los Mendieta. Darle plata a un borracho un día de tormenta y lejos de su casa es como darle un arma. La única duda es saber si va a matar a alguien o si se va a matar él mismo. Para suerte de los demás esta vez fue la segunda opción. Encontraron el cuerpo de mi hijo a un lado de la ruta, fuera del auto, ahogado sobre un gran charco. Los estudios comprobaron que llevaba un alto nivel de alcohol en la sangre. ¿Sabes que es lo más triste de todo pibe? Que creo que por un lado sentí una cierta alegría. Es difícil de explicarlo, no creo que esa sea la palabra justa, pero sentí que Mercedes se había liberado, que mi esposa y yo también. Y sobre todo sentí que Alfredo se había liberado por completo. Sentí que había acelerado su muerte que venía buscando cada noche en los bares, en la bebida. Todo ese sentimiento me genera una gran culpa. ¿Cómo puede ser que por un lado sienta una gran tristeza por haber perdido a un hijo pero por otro sienta alivio?
  • -            No se sienta culpable Don Oscar. Es muy entendible su sentimiento.
  • -            No creo que vos pibe seas el más indicado para entender lo que siento.
  • -            Durante varios años mi trabajo era tratar de ayudar a las personas a comprender sus problemas, sus traumas.
  • -            No creo que entiendas lo que siento. Vos abandonaste a tu hija, a una inocente niña que ni siquiera tuviste ganas de tener y de la cual nunca te hiciste cargo. Deberías sentir mucha culpa.
  • -            No estamos hablando de mí, sino de usted Oscar. Lo que le intento decir es que no sienta culpa por sus sentimientos ambiguos.
  • -            Bueno pibe, no importa, ya pasó. Mejor volvamos que deben estar muy preocupados todos.
  • -            Pero Don Oscar, no se guarde las cosas. Fue usted el que me dijo hace unos días que había que sacar todo afuera. Yo le hice caso y me siento liberado. Ahora es usted el que tiene que liberarse, anímese, justamente yo no lo voy a juzgar, después de las macanas que mandé, como usted dice. Nadie, en todo el mundo puede tener pensamiento bondadosos, simples, inocentes todo el tiempo. Hay que aprender a convivir con nuestra propia mierda, perdón por la palabra. No hay que esconderla debajo de la alfombra como si nada pasara.
  • -            Yo no escondo nada pibe, pero no tengo ganas de hablar hoy. Ya es tarde, volvamos.

Los dos hombres se subieron al auto. Cada uno cerró su puerta.

Pasó la navidad. Pasaron los fuegos artificiales, la sidra, el champagne, el vitel toné, el perfume de la fiesta, los abrazos, los besos, los brindis, el maní con chocolate, los regalos, papa Noel, las tías abuelas. Ahora había que esperar a la segunda función. El año nuevo. Entre una y otra, el hombre vive en una especie de limbo que nunca recuerda. Nadie recuerda lo que pasa entre la navidad y el año nuevo. Nadie, excepto Sergio y Mercedes.

Mientras el pueblo pasaba las horas entre las últimas luces de la navidad y los primeros destellos que anunciaban el año nuevo, en la galería de la casa de la viuda, su misterioso inquilino tomaba mate, llenaba los ceniceros y se preparaba para la guerra. Sabía que Mercedes había pasado todo el día en la casa de Don Oscar.

  • -            Nos debemos una charla. En realidad no sé bien si es una deuda, pero creo que nos haría bien a los dos poder hablar.
  • -            Me gustaría saber quien sos. Con quién estoy compartiendo mi casa. Sergio o como te llames.
  • -            Por lo que veo, don Oscar no se guardó nada.
  • -            El es transparente. Y además e preocupa mucho por mí.
  • -            ¿Y qué más te contó? ¿Te dijo que engañé a mi mujer con otra, y no solo eso, sino que la dejé embarazada a esta otra burlándome en cierta manera de la imposibilidad de mi esposa de tener hijos? ¿Te contó también que abandoné a mi hija apenas nació?
  • -            Sí, todo eso me dijo.
  • -            ¿Y qué pensas de todo esto?
  • -            Todavía no puedo digerir toda la información. Por un lado sabía que escondías algo ya que nunca hablabas de tu pasado. Pero nunca pensé que podría ser algo tan pesado.
  • -            Todos escondemos cosas sobre nuestro pasado.  Vos nunca me contaste sobre tu esposo, la trágica muerte y todo lo demás.
  • -            Yo no tengo por qué contarte acerca de mi difunto esposo. Es algo personal que no te incumbe.
  • -            Tampoco a vos te tiene que interesar si fui infiel con mi mujer o si abandoné a mi hija.
  • -            Me parece bastante grave lo que hiciste como para hacerte el distraído. No puedo creer todo lo que hiciste. Al principio dudé mucho de vos, había algo que me hacía dudar, pero con el tiempo fui tomándote cariño. Y enterarme de todo esto fue como si me hubieras clavado un puñal. Me siento defraudada. Yo, que te defiendo cada vez que alguien habla mal de vos en este pueblo de chismosos. Al final tenían razón, y se quedaron cortos con sus fabulaciones. Resultaste ser una mala persona y me gustaría que te vayas.
  • -            Podes decir lo que quieras, entiendo que te sientas así pero quiero decirte que por lo menos nunca en mi vida le levanté la mano a una mujer. Sería incapaz de hacerlo. Eso, es mucho más cobarde.

Esta última frase de Sergio hizo estallar por completo a Mercedes en llanto y gritos desordenados.

  • -            Andate. No voy a permitir que hables así de mi esposo. Andate ahora, o llamo al comisario.
  • -            Debe haber venido varias veces ya. O no. Peor. Seguro que nunca lo llamaste. Seguro soportabas cada golpe.
  • -            Andate por favor, no te quiero ver nunca más. Agarra tus cosas y andate. No quiero tu dinero ni nada.
  • -            Te voy a pagar lo que corresponde y me voy a ir. Pero antes, me gustaría decirte algo. Yo entiendo que debe ser muy difícil para alguien superar la muerte de un ser querido. Sobre todo si se trata de la pareja. También entiendo la culpa que debes sentir por el alivio que te generó que se haya ido. Pero no tenes por que sentirla. El no la merece. El te trató como una mierda. Se desquitó con vos a partir de un problema que tenía él. Tuviste que soportar cada golpe, cada insulto. Es a él a quién tendrías que haber echado de tu casa. Yo ahora me voy, y te vas a quedar sola, con tu culpa, con tu tristeza.
  • -            ¿Por qué en vez de dar tantos consejos, no te vas a buscar a tu hija? Es ella la que te necesita. No yo.

Después de meditar durante un par de horas la última frase de Mercedes, con el corazón y el auto en marcha pero quietos, decidió por fin volver. Volver al principio de todo. Fueron casi tres horas de una ruta llena de dudas. Cada kilómetro que pasaba se volvía más corto, más asfixiante. El mayor error fue pensar que todo iba a estar como antes. Como si se hubiera detenido el tiempo solamente porque él había abandonado la ciudad. Como si él fuera el artífice de todo y las cosas solo se movieran a su alrededor pero en su ausencia quedaran inmóviles a la espera de su bendición. Otro más de sus pensamientos egoístas.
Donde antes vivía él con su esposa, ahora vivía una pareja de colombianos estudiantes. El teléfono que antes contestaba su amante yacía en silencio. Esas y tantas otras cosas habían mutado. Para bien, para mal o para peor, habían cambiado. La ciudad parecía darle la espalda. Solo había un lugar donde iba a ser bien recibido.

El timbre de Gurruchaga 2170 sonó de una manera diferente aquella vez. Mucho más estridente. Era la vuelta del hijo pródigo. Su madre desprendía emoción por cada poro de su piel. El amor de las madres imposible de explicar para alguien que no es madre, ni siquiera mujer. El abrazo de los brazos eternos.
Una vez que lograron apoyar los pies otra vez sobre la tierra, el primero en disparar fue Sergio, o Silvestre, o como se llame. Señor S.

  • -            ¿Dónde está papá?
  • -            Trabajando, como siempre. Ya lo voy a llamar para avisarle que volviste. Se va a poner muy contento. Estábamos muy preocupados por vos hijo, pensamos lo peor. No sabíamos nada de vos, podrías habernos avisado. Hablamos con Renata. Ella fue la que nos contó lo que había pasado. Sentimos mucha vergüenza, y lástima por ella. Todavía nos cuesta creer porque le hiciste eso a ella, a nosotros, a vos, a tu hija. ¿En qué estabas pensando cuando te escapaste de todos?
  • -            No lo sé mamá. En el momento en que vi a mi hija a través del vidrio sentí un pánico          enorme, y sobre todo mucha culpa. No podía mirarla a los ojos sin sentir una tremenda culpa. Pensé que no iba a poder convivir con eso. En Dolores estaba representada toda mi culpa. No podía quererla de esa manera. No la iba a poder mirar a los ojos. Pero si no podía mirarla a ella, tampoco los iba a poder mirar a los demás. Ni a mí mismo, a Silvestre. Es por eso que decidí cambiar hasta de identidad.
  • -            ¿Y a dónde te fuiste?
  • -            A un pueblo, a unos doscientos kilómetros de acá.
  • -            Pero Silvestre, ¿cómo hiciste semejante locura? No te das una idea el lío que armaste por escaparte. El daño que nos hiciste a todos, sobre todo a Renata. No sé si sabías que ella está muy mal, está internada.
  • -            ¿Por qué? ¿Tuvo un accidente?
  • -            No. Está internada en un neuro psiquiátrico. Fue una situación muy dura para todos. A partir del día que te fuiste, ella comenzó a buscar quién era la madre de tu hija. No fue fácil, pero la idea se volvió obsesión y no paró hasta encontrarla. Un día nos encontramos las dos en tu consultorio. Yo había ido hasta allí para buscar alguna pista que me diga dónde estabas. Renata había ido para encontrar alguna pista que le diga dónde estaba tu hija. Me suplicó que la ayudara en su búsqueda, que no tenía malas intenciones, que lo único que quería era verle la cara una sola vez. Al principio me negué rotundamente. Le dije que tratara de rehacer su vida como pudiera pero que intenté olvidar toda esta locura. Pero ella insistía. No iba a dar el brazo a torcer. Me prometió que nada más quería verle el rostro a la niña y que de esa manera cerraría la historia. Me costó creerle, pero preferí darle una mano y al menos así, mantenerme cerca por las dudas de que cometa alguna locura.
  • -            ¿Pero qué fue lo que paso? ¿Le hizo daño a Dolores?
  • -            Yo le había dicho al encargado del edificio que si alguna mujer se aparecía por el consultorio me avisara. Le dije que era un tema de suma importancia. Como me conoce desde hace años se prestó a colaborar sin preguntar. Me dijo que cada martes a la tarde una chica de unos treinticinco años con un bebe toca el portero del consultorio, espera unos minutos y luego se va. Decidí no decirle nada a Renata e ir sola el martes a ver a aquella mujer. En definitiva era mi nieta la niña y también quería conocerla. Pero ella estaba tan obsesionada con la idea que comenzó a ir todos los días para ver si la encontraba. Parece ser que un día increpó a una señora que entraba al edificio con su bebe. En fin, el martes siguiente, desde temprano me senté en el bar que está en frente al consultorio. Mientras terminaba mi segundo café una chica de piernas largas y grandes caderas se arrimó hasta el portero eléctrico y con la mano que no sostenía el coche del bebe apretó uno de los pisos. Rápidamente deje el dinero sobre la mesa, crucé la calle y espere a un metro de la mujer. Luego de esperar unos momentos donde nadie contestó del otro lado, la chica se estaba por retirar cuando de repente se abrió la puerta del edificio. Era Renata. Parece ser que desde aquel día que nos cruzamos adentro del consultorio ella no se fue nunca de ahí. La situación fue realmente muy tensa. Primero se aferró al coche. La chica se asustó tanto que comenzó a pedirme ayuda. Renata comenzó a gritarle que yo no iba a ayudarla porque estaba de su lado. Los gritos se hacían cada vez más fuertes y ahora contaba a los cuatro vientos que esa niña era hija suya y que se la habían quitado. Pedía abogados y demás. Estaba completamente fuera de sí. Tuvieron que venir dos oficiales de la policía para poderla reducir. Para poder separarle las manos de la niña. Yo intenté de todas las maneras posibles pero era en vano. De todas maneras ella no se calmaba y seguía gritando todo tipo de injurias contra la pobre chica que quería irse de ahí pero uno de los policías no la dejaba. Terminaron por llevarse a Renata a la comisaría, y el otro oficial se quedó para hacernos unas preguntas. Una vez que terminó, se retiró y nos dejó a las dos solas. Mejor dicho, a las tres, si contamos a la niña. Le dije que por favor me acompañara al bar para contarle lo que estaba sucediendo. Hablamos durante un rato largo. Me di cuenta lo mal que le habías hecho. Ella estaba completamente obsesionada con vos. Te buscó por todos lados. Su deseo más grande no era darle un padre a su hija, no era presentarte a la niña. Su mayor obsesión era volver a verte.
  • -            ¿La seguís viendo?
  • -            Solo un par de veces más. Con el tiempo se hizo cada vez más pesado poder soportar su compañía. 
  • -            ¿Pero sabes donde vive?
  • -            Hasta donde sé, vive en el barrio de barracas.
  • -            ¿Me podrías acompañar hasta allá?
  • -            ¿Vos estás seguro que queres ir ahora?
  • -            Muy seguro, pero antes necesito ir a otro lugar. Tengo que ver a Renata, le debo una disculpa. Está así en gran parte por mi culpa.
  • -            ¿En gran parte? Todo esto es pura y exclusivamente por tu culpa. Debes muchas disculpas así que vamos, empecemos de una vez. Renata está cerca de la casa de Carolina.

Madre e hijo se subieron al auto viejo. Se miraron, se abrazaron y fue un desfile de lágrimas. Después de varios minutos lluviosos, ya cruzaban la ciudad buscando la redención. La primera parada fue el hospital. Toda la aceleración que llevaba el señor S en su corazón se desbarrancó por completo al ver la demacrada versión actual de la que supo ser su compañera. Estaba tan disminuida, tan apagada que al verlo solo pudo mover apenas los labios y los dedos de las manos. Eran huesos dentro de un largo camisón ocre. Era una piel pudriéndose en una esquina. Lo que quedaba de alma había sido secuestrada por la locura, por las pastillas, por la soledad, por la ausencia. Por toda una vida que se había burlado en su cara.

Se tomaron de las manos. El besó la frente de ella. Le pidió el perdón más sincero que alguna vez haya dado. El único hasta ahora quizás. Y se fue. Esta vez, con la promesa de volver pronto. Y así sería. Todas las mañanas pasaría para tomarle la mano y besar su frente.

Al salir del hospital el señor S le pidió a su madre la dirección exacta de Carolina. No era tan lejos de donde estaba, y era mucho más cerca de donde venía. Le dijo a su madre que ahora seguiría solo, que ella se llevara el auto. Le agradeció la compañía, la tolerancia, el amor incondicional y se fue caminando en dirección al río. Sin saber bien a donde pero si sabiendo el porqué.

Gracias a la gentileza de algunos vecinos llegó hasta la puerta de la pequeña casa blanca con unas rejas viejas desteñidas. Antes de tocar el timbre le rogó al cielo por una segunda oportunidad.

  • -            ¿Quién es?
  • -            ¿Carolina?
  • -            Si ¿Quién habla?
  • -            Podrías salir un momento, necesito hablar con vos.
  • -            Pero, ¿Quién sos?
  • -            Soy Silvestre, el padre de Dolores.

Inmediatamente el barrio se levantó de su letargo. Las palabras se amontonaban unas a otras en la boca de Carolina y resultaba imposible entenderlas. Cuando fue posible calmar tanta efervescencia, el señor S regaló su segundo perdón del día. Menos comprometido que el anterior pero necesario. Le pidió por favor ver a su hija. Ella lo invitó a pasar. La sala oscura dejaba entrar algunos rayos del hirviente sol de fin de año. Uno de ellos pintaba de amarillo pálido la cara de Dolores. Los mismos ojos grandes, negros de su padre. Los mismos que alguna vez no vio por detrás del vidrio. Los mismos que ahora recorrían con la mirada cada parte del cuerpo del extraño hasta encontrarse con los suyos. La herencia en la mirada.
Tomó en brazos a su hija, le besó la frente y con una suave voz que sonará para el resto de sus vidas, soltó el perdón más esperado.

FIN

lunes, 21 de julio de 2014

El derecho a guardar silencio (SC parte II)


Eran las nueve de la mañana de un helado jueves de agosto. La calefacción ardía en el inmenso estudio.  Luego de quitarse de encima como capas de cebolla los infinitos abrigos, la doctora cerró la puerta de su escritorio, la cual solo abrió para llenar su taza de café.  En general, la abogada suele mostrar una actitud risueña con todos en el trabajo. Siempre se queda comentando algo con su secretaria. Pero ese día en particular, había caminado desde el ascensor hasta su recinto sin siquiera deslizar un saludo o una mirada. Como si fuera un caballo con anteojeras que sigue derecho porque le limitaron el mundo.

Pasaron tres eternas horas. El picaporte seguía inmóvil. El silencio detrás de la puerta hacía un ruido insoportable. Nadie se atrevía a callarlo. Todos esperaban la mejor excusa para cortar el espeso aire de esa fría mañana ya devenida en medio día.  ¿En qué momento la biología nos iba a regalar ese guiño? Las anteriores semanas, la doctora iba varias veces hasta el baño las primeras horas. Hoy, nunca. Ni siquiera en la hora del almuerzo  pudieron disfrutar de su compañía.

Ya entrada la tarde, cada cual empezó a ocuparse de sus asuntos y el silencioso ruido comenzó a disiparse. Josefina, la secretaria de la doctora, como una especie de pulpo con minifalda, atendía teléfonos, tomaba café, resaltaba apuntes, ordenaba expedientes,  mandaba mensajes de texto, escribía en la computadora. Y aún así, le sobraba tiempo para elaborar teorías acerca del estado de ánimo de la abogada y para correr rumores del flamante despido de la chica de la recepción, supuesta amante del Dr. Lombardo.

Toda esa polifuncionalidad posmoderna se cortó abruptamente cuando una gran mano sacudió la humanidad de Josefina.

-        -  A ver nena si me escuchas de una vez por todas. Estoy hace cinco minutos parado como un idiota y vos seguís en tus cosas como si no hubiera nadie.

La primera reacción de la secretaria fue de un gran susto cuando sintió la pesada mano en su hombro. Susto que se acrecentó al oír la voz del hombre, y mucho más aun cuando levantó la mirada y lo tuvo frente a frente.  Sintió asco, e inmediatamente culpa seguida de lástima. Se irguió en su silla, y en el momento en que iba a comenzar a empeñarse en ser lo más servicial posible para mitigar su culpa, el hombre continuó con su monólogo.

-         -  ¿Qué te pasa? ¿Te quedaste sin palabras ahora? Recién por el celular no parabas de hablar ni para respirar, y ahora, te quedaste muda. ¿Nunca viste a alguien así? ¿Tan feo te parezco?

-         -  (silencio)

-         -  De todas maneras, no me interesa que me digas nada. Lo único que necesito saber es si Jimena Rossi trabaja en este estudio.

-        -   Si, ella trabaja acá. Es abogada

-        -   Muy bien, me harías el favor de avisarle que la busco. Mi nombre es Rodolfo Lanzetta, ella me conoce.

-        -   Miré, yo entiendo que tenga una urgencia pero para ver a la doctora tiene que arreglar una cita con anterioridad. Ella en este momento está ocupada.

-          - ¿Una urgencia? Nunca dije eso. No existe ninguna urgencia, o existe toda. Pero en fin, ninguna en particular, así que no hay problema, puedo esperarla. Ya lo vengo haciendo hace ocho años.

-          - Si, como diga señor. Pero hoy no va a poder ser. Ella está con mucho trabajo y pidió que nadie la molestara.

-          - ¿Qué nadie la molestara? ¿Pero quién se cree que es ahora? ¿Cómo puede ser que una chica con ideales comunistas se convierta en una señora con oficina, secretaria y que pide que nadie la moleste? Mi abuelo tenía razón con eso de que si de joven no eras comunista eras un desalmado, pero sí de grande seguías siéndolo, eras un pelotudo. Al menos ella le hizo caso. De joven, idealista. Así seducía a compañeros, profesores, empleados de la facultad. De grande,  oficinista. Así debe seducir a viejos verdes millonarios, jóvenes verdes millonarios hijos de los anteriores, y a cadettes pobres aspirantes a millonarios. Al final, la misma mierda con distinta ideología.

-           -  Miré señor, la verdad es que no me interesa lo que usted piense de los comunistas ni de los millonarios, o de los comunistas millonarios. Lo único que le digo es que vuelva mañana, o que mejor aun se comunique antes por teléfono y arreglé conmigo una cita para ver a la doctora porque hoy va a ser imposible.

-         -  A ver si nos entendemos, ya te dije que tengo todo el tiempo. Y como ya me dijiste que estaba, me da lo mismo esperarla acá mismo o en la puerta del edificio, total en algún momento va a tener que salir y…

No llegó a terminar su frase que el picaporte de madera por fin giró. Los ojos rojos, fatigados, vacios de tanto llanto. La nariz chorreando, secándose también. Ya casi sin líquido. Un cuerpo desalmado, apagado. El silencio era conmovedor. Tanto, que Rodolfo no pudo soportarlo más.

-        -  Jimena…

El silencio volvía a conmover. Otra vez fue Rodolfo con su guillotina vocal quien corto el espeso aire que envolvía el ambiente.

-          - Jimena. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

-         -  (silencio)

-          - Jimena, por favor. ¿Te podemos ayudar en algo?

-          - (silencio)

-        -  Necesito que me digas algo, me estás preocupando. Soy yo, Rodolfo. ¿No me reconoces? La última vez que nos vimos fue en aquel colectivo. Yo ya tenía el rostro así.

-        -  (silencio)

-        -  (A la secretaria) ¿Vos sabes algo de lo que le pasa? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no mira?

-        -  No tengo idea, desde que llegó que se encerró en su despacho y recién ahora salió.

Inmediatamente, Rodolfo tomó del brazo a Jimena y la llevó como a un trapo hasta la oficina y cerró la puerta.

-        -  Ahora que estamos solos, decime que es lo que pasa con vos. Necesito que me hables Jimena.

-        -  (silencio)

-     - Está bien, no digas nada. De todas maneras yo no vine hasta acá a escucharte, sino para que vos me escuches a mí. Desde la última vez que te vi que me dejaste con millones de palabras atragantadas. Te escapaste de mí como si yo fuera la peor de las basuras. Como si mi cara te recordara a tu peor pesadilla. Ni siquiera como un desconocido. Peor. Un conocido que te perturba. ¿Y ahora qué? Estás frente a mí, impertérrita, como si no estuvieras realmente. Dejaste el envase, pero tu corazón no, ni tu alma. La otra vez te fuiste corriendo. Hoy, tus piernas están ancladas al piso. No te podes mover. ¿Qué es lo que te pasa Jimena?

-          - (silencio)

-       -   Desde que tropezaste y caíste en la calle aquel día que no me puedo borrar tu imagen ensangrentada. La llevo pegada a mi retina, a todo mi cuerpo. Todos los recuerdos anteriores es como si se hubieran escondido detrás de ese rostro rojo. Disfruté verte en el piso. En ese momento entendí el significado de la justicia. Sentí como todo tu silencio se rompía como un cristal contra el asfalto y el ruido se volvía inmenso. Tanto que tuve que taparme los oídos, y también los ojos. Con el correr de los días, ese sentimiento de compensación divina se fue yendo y una pena muy grande me invadió. Comencé a sentir una lástima infinita ante ese cuerpo solo, oscuro, abandonado en la calle. Comencé a lamentar cada vez más mi actitud egoísta y resentida. Como podía ser que en vez de correr a buscarte me haya quedado disfrutando, solo. Como podía ser que la mujer que había amado en silencio durante tanto tiempo estaba ahí, indefensa, perturbada, y sin embargo yo, en vez de abrazarla, la dejé ahí con su vergüenza eterna. Por eso vine hoy hasta acá. A redimir mí culpa. Pero vos, como aquella vez, no me decís nada. Ni una sola palabra se escapa, y me vuelvo a sentir el mismo idiota, el mismo loco, deforme, monologuista. Por favor Jimena, no me hagas esto otra vez, necesito un gesto, una letra al menos. Necesito otra vez algo de justicia. Vos, que sos abogada, no te guardes el derecho al silencio. Dame un poco de justicia.

Las comisuras de los labios de la doctora se abrieron. La sentencia estaba a punto de dictarse. El tiempo se hizo mucho más pequeño que lo habitual y la voz seca, monocorde fue directa al corazón de Rodolfo.

-        -  Estaba embarazada. Hasta ayer. Lo perdí. Fui madre, solo por tres meses.

Silencio total.


viernes, 25 de abril de 2014

For those about to rock!

A mis hermanos Juan Martín, Gonzalo y Pablo!


Cuando empecé este blog, fue por una duda existencial de mi infancia acerca de la actitud kamikaze de las abejas. Ayer, casi dos años después, otra duda de mi niñez irrumpió en mi cabeza sin pedir permiso y sin explicar porqué.

Nací en el 1987, con lo cual la tumultuosa década del 90 con su neoliberalismo cocacolero y su depresión llegando al Nirvana me alcanzó a los 2 años y meses y me abandonó a los 12 y monedas. Soy el menor de una extensa familia y como en toda casa noventosa con hermanos mayores melómanos, el Compact Disc (CD) era la vedette. Yo no tenía plata para pagar sus encantos. Lamentablemente tenía que seguir conformándome con cassettes grabados con lo “último” de Los Rolling Stones o compilados que querían encajar piezas de distintos rompecabezas como por ejemplo, “Moscato, pizza y faina” y “Enter Sandman” conviviendo en el TDK de 90. En fin, agradezco enormemente el tiempo dedicado a esas grabaciones, sobre todo a aquella que tenía “Rock para el negro atila” que dio comienzo a un amor eterno.

 Volviendo a la vedette de forma redonda y color plateado, como la mayorías de las vedettes de hoy en día, había varios cds que eran una fija en toda casa que se precie de ser rockera. “El amor después del amor”, “Jump Back” y “Nevermind” eran algunos de los discos que habían sido editados en los 90 y que formaban parte de las bateas de callao y las heras. Sin embargo había dos en particular que eran clásicos de la época. Eran tesoros de 12cm de diámetro. Tal es así que había uno por cada hermano mayor. La generosidad también tenía su límite.

“En una esquina, con más de 4 millones de copias vendidas solo en Estados Unidos, y muchas más por todo el mundo, disco de oro en varios países, más conocido como ´el compilado de los chicos malos de Boston´, con ustedes… Big Ones. En la otra esquina, con toda la potencia del vivo, con toda la furia del rock en su estado más puro, señoras y señores con ustedes, ACDC Live!”

Dos grandes discos que detonaron los minicomponentes sony, philipps y hasta esos aiwa que venían fallados. Sobre todo el segundo. Como olvidar ese comienzo frenético de “thunderstruck”. ¿Qué púber y aprendiz de guitarra no intento imitar aquel punteo de Angus con una guitarra criolla? ¿Qué chico católico no quiso subirse a la autopista del infierno para tocar sus campanas? ¿Quién no abrió los brazos con los puños cerrados en el estribillo de “Moneytalks”?  ¿Quién no quiso escaparse de su cuerpo escuchando Whole lotta rosie? ¿Qué banda adolescente pensó que se podía hacer un cover de “You shook me all nihgt long” y terminaba dándose cuenta de que le faltaba mucha sopa y Jack Daniels? La realidad es que todos los que conocimos esta obra infernal antes de cumplir la década de vida nos compramos una hectárea en la casa del mismísimo Satán y soñamos con los bombardeos del final.

Es a raíz de esto es que surge esta duda existencial en mí. ¿Existirá alguna canción lente de ACDC? ¿Habrá alguna balada para mostrarle a nuestros padres y convencerlos de que no fuimos poseídos por el demonio? Creo que muchos, o al menos yo, quisimos conformarnos diciendo que “She´s got the Jack” era algo así como “la parte lenta de la banda”. La canción tiene de lento lo que yo de taiwanés.

Lamentablemente con el pasar de los años me fui suavizando bastante, hasta llegué a enamorarme y a pedir para algún cumpleaños un disco de La Sole (¿quién no tiene un muerto en el ropero?), y entonces, mi duda se fue desvaneciendo como el talento de Steven Tyler para componer. Sin embargo, un día como hoy, pero ayer, sin ningún motivo volví a pensar en aquello que me sorprendía tanto de niño. Por suerte, ya habían pasado varios años, y hasta cambiamos de siglo y hasta de milenio y la tecnología, tantas veces hija de puta para mi cerebro -2.0, esta vez fue de gran ayuda. Solo tuve que escribir en el buscador de internet si existía algún tema lento de la banda y para mi alegría, había gente que se había tomado el trabajo de responder. La duda no era solo mía, no soy para nada original.


 Dos canciones son las que parecen tener la rara cualidad de ser lentas y al mismo tiempo de ACDC. Quizás haya más pero perdonen mi ignorancia, ya dije que me fui suavizando con los años. La primera que escuché, “Love song”, hasta el primer minuto creí que era puro sarcasmo. Después, le hizo honor al nombre, se tranquilizó y hasta casi me hizo llorar. Si me viera Angus, pensé, me partiría su Gibson en la cabeza. La segunda en la lista, “Ride on”.  Solo hay que juntar los brazos por detrás de la cabeza, entrecerrar los ojos y hacer leves movimientos para atrás y para adelante, y así disfrutar de esta hermosa balada. Gracias Bon Scott, con esta canción me regalaste una hectárea en el cielo. 

viernes, 7 de marzo de 2014

Lucía y la noche eterna

"Lo que se calla en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo" Francoise Doltó


La casa había quedado completamente deshabitada. Hasta los recuerdos se habían esfumado. Lo único que quedaba era un viejo piano de cola alemán. La gran cantidad de polvo confundía las teclas negras de las blancas, y la luz que entraba por el gran ventanal dibujaba una enorme sombra sobre la pálida y triste pared al tiempo que el sol bailaba entre los cristales dispersos. En la habitación, una gran mancha sobre el piso de madera que se extendía como una cuerda hasta la bañadera.

Un gran rato antes en el aeropuerto de Ezeiza:

“Última llamada, por favor todos los pasajeros del vuelo 573 destino  Barcelona acercarse a la puerta 14.”

En algún kilómetro de la autopista, alrededor de unas setenta personas se adueñaban de los carriles con una gran bandera que decía: “SI no nos aumentan al menos un 30% la dignidad vamos a cortar todos los accesos al aeropuerto”  Si quedara lugar en la tela creo que seguiría así el mensaje: “…si mandan policías a reprimirnos, no nos va a quedar otra alternativa que utilizar todo lo que tengamos a nuestro alcance como arma de lucha; estamos cansados que nos traten como títeres. Los títeres no sufren hambre, nosotros SÍ!”

Dos kilómetros más cerca de Buenos Aires, en la misma ruta, dentro de un Peugeot 206 blanco, en el asiento trasero, Serafín Torres gritaba desconsoladamente.  La misma transpiración con la que había juntado cada centavo del pasaje a España ahora inundaba todo el tapizado de la parte trasera del bólido. Cada avión que veía en el cielo tenía un asiento libre con su nombre, cada esperanza una lápida con su nombre y cada insulto un nombre distinto. Los políticos, la situación del país, el gen sudamericano, la policía que no reprime, la que reprime, las personas que se mueren de hambre y cortan las rutas, las ofertas de las aerolíneas, la distancia entre el aeropuerto y su casa, su esposa, el viejo profesor, el remisero por llegar con cuatro minutos de retraso, la vida misma por ser vida, él mismo por haberse dedicado a una profesión tan inestable como es la música, sus padres por las dudas.

Un gran rato antes que el rato antes en Ezeiza y alrededores:

-         -  Es la gran oportunidad de tu vida, la orquesta sinfónica de Barcelona es de las más prestigiosas del mundo y el pianista es una de las figuras más importantes de ella.

-         - Pero Sr Castelli, ¿usted realmente cree que tengo la habilidad suficiente para semejante reto?

-          -Por favor Serafín, fui tu profesor durante años. No solo eso, soy como un padre para vos, nadie mejor que yo para saber de lo que sos capaz.

-         - ¿Pero que va a pasar con Lucía? ¿Va a dejar su trabajo con todo lo que le costó llegar?

-           -Yo entiendo que es una decisión difícil. Conozco a Lucía como como nadie en este mundo, ella si es una hija para mí. La críe solo luego de que su madre muriera y te puedo asegurar que ella daría su vida por irse de este país en eterna decadencia. Toda su vida se la pasó diciendo que su sueño era vivir en París. Barcelona es lo más cerca de lo que alguna vez realmente soñó. No lo dudes más. Si hace falta, yo la convenzo, ella me escucha siempre.

Un rato después que aquel encuentro con el profesor pero antes que Ezeiza y alrededores:

-          - Es una oportunidad que no puedo dejar pasar. Ya estoy cansado de tener que trabajar quince horas por día, de dar clases a chicos sin talento, de tener que soportar al director de la escuela con sus contendidos obligatorios de una música lamentable, de tocar las mismas tristes canciones cada domingo a la noche en ese bar de mala muerte hace más de tres años.

-        -  ¿Y mi trabajo? ¿Acaso mi vida, mis gustos, mis intereses no valen nada?

-        -  Yo sé todo el esfuerzo que hiciste para llegar a donde estás, pero también creo que en Europa las oportunidades se multiplican y alguien con tu experiencia no tardaría mucho en encontrar algo mejor. Además, el Sr Castelli me dijo que tu sueño siempre fue irte para allá. Y creo que te conoce muy bien.

-         -  Él es como un padre para mí.

-         -  Lo mismo dijo él. Por eso creo que esto va a cambiar nuestras vidas rotundamente. Es lo que necesitamos como personas, como pareja.

-         -  Pero en el caso de que te acepten, ¿él  vendría con nosotros? Te pregunto porque es tu profesor hace varios años.

-         - Ya es tiempo de que le suelte la mano. Además, se supone que si tengo el talento para la orquesta sinfónica, ya no preciso de un profesor.

-        -   De todas maneras pienso que sería de gran ayuda tenerlo cerca.

-        -  No lo necesito. Y creo que él a mí tampoco. Si no, no me hubiera dado esa oportunidad. Ya me cansé de sus órdenes. No entiendo como vos todavía no te cansaste.

-        -  Si te cansaste de sus órdenes, ¿no deberías entonces rechazar su oferta?

-        -  Es cierto, digamos que está es la última vez que lo voy a escuchar.

-         - Con todo lo que hizo por vos, hablar así. Que injusto

-        -  ¿Injusto? Ya estoy cansado de que lo defiendas, no me interesa si te crío, si te hizo ser lo que sos. No me interesa más nada que tenga que ver con su cara. En parte me voy para no tener que verlo más, no tener que soportar sus “cátedras” ni tus adulaciones a cada frase estúpida y estudiada que sale de sus horribles labios. Y si vos no queres venir, no vengas. También me cansé de aparentar ser una pareja feliz y “normal”. ¿Qué quiere decir “ser normal”? Acaso es levantarse todos los días a la misma hora, desayunar siempre las mismas tostadas, mirar las mismas películas, decir siempre las mismas frases estereotipadas, tener sexo una vez por mes por lástima. ¿Lástima ante quién? ¿Ante el mundo, ante vos, ante mí? Basta. Basta de ir dando pena por la vida, basta de ser sumisos, basta de ser “normales” ante los demás para que digan que somos una pareja adorable, cristiana y prolija. Me cago en todos ellos, me cago en él. Me voy, vengas conmigo o no.

Varios años antes que todos los ratos anteriores:

Lucía, con tan solo seis años de edad había quedado huérfana. Su madre luchó durante año contra un cáncer que terminó por derrotarla. Su padre biológico lo único que dejó antes de huir fueron  sus espermatozoides. La única persona que tenía a su lado era el Sr Castelli, un prestigioso músico famoso por dejar su huella en casi todos los lugares del planeta. Cuando la madre murió, Lucía fue trasladada a la casa de su abuela materna a pesar de su deseo de quedarse con el Sr Castelli. Él luchó contra todo para que la niña vuelva, y finalmente por sus “influencias” y por haber demostrado ser un gran padre sustituto logró convencer a los jueces que aceptaran entregar a la pequeña al famoso músico. Además la abuela ya era bastante anciana y le costaba cuidarse a ella misma.

Luego del fallo judicial a favor del Sr Castelli, él y Lucía decidieron festejar yendo a comer al lugar preferido de la niña. Una vez que terminaron las hamburguesas y el helado, volvieron caminando de la mano iluminados por las luces de la ciudad. Por fin la vida volvía a tener sentido.

Era la primera noche de la pequeña en su casa sin su madre. Una sensación ambivalente invadía su cabeza.  Por un lado, la alegría de volver a su cuarto, su cama, sus muñecas, sus olores. Por otro, la ausencia de su madre como un fantasma que lo invade todo. No podía estar sola. Al menos por esa noche. Se paró en el marco de la puerta de la habitación del Sr Castelli y tan solo con mirar sus ojos adivinó las intenciones de la pequeña. El flamante padre aceptó el pedido de la niña y haciéndole lugar en la cama, la invitó a subir. Ella se acercó y apoyo su cabeza en el pecho del hombre. Él la rodeó con su brazo izquierdo y puso el otro en las piernas de la niña. Esa fue la primera de muchas noches.

Varios años después de aquella noche, y un rato después de la frustrada llegada a Ezeiza:

Nadie le devolvería el dinero invertido en el pasaje ni la ilusión de ser parte de la orquesta de Barcelona. Ahora se encontraba volviendo a su casa, abatido, seco de llorar y transpirar. Sabía lo estrictos que eran los europeos. Su oportunidad era mañana. Y mañana, ya era ayer.

Mientras abría la puerta, las palabras dichas a Lucía volvían como un boomerang y ni imaginaba lo que se vendría.

-        -  ¿Qué haces acá? Deberías estar volando a Barcelona?

-        -  Ni me lo digas. Culpa de una manifestación no pude llegar a tiempo al aeropuerto. Parece mentira, uno se quiere ir de este lugar de mierda por este tipo de problemas y paradójicamente culpa de uno de ellos, se ve obligado a quedarse.

-        -  ¿Pero qué manifestación?

-        -  ¿A quién carajo le importa si eran peronistas, piqueteros o pelotudos? Lo que importa es que ahora perdí la oportunidad y tengo que volver acá con esta rutina insoportable. Volver a ver tu cara de culo todas las mañanas, soportar tu comida, tu indiferencia, tus palabras vacías, tus ojos vacíos, tu corazón vació. En algún punto esta oportunidad no solo era estrictamente profesional, sino que era una forma de desprenderme de todo esto. Sobre todo de vos. Y del viejo. De ese viejo de…

Milésimas después de “ese viejo de...”:

En el momento en que Serafín pronunciaba estas palabras algo sólido impactaba su cráneo y lo hacía caer sobre la madera y los cristales se desplegaban por todo el contorno corporal. Con gran esfuerzo logró girar la cabeza y al hacerlo lo vio parado a su lado. El Sr Castelli, su viejo profesor, su figura viril y masculina se erguía como un monstruo gigante desprendiendo lava de sus labios. En una mano los restos de botella, en la otra un hoja plateada y brillante. El zapato impactaba una y otra vez en el rostro del joven hasta dejarlo casi inconsciente. Una vez que las defensas fueron casi nulas, el viejo puso boca para abajo a lo que quedaba de Serafín. Con el cuchillo de su mano derecha realizó un tajo vertical en el pantalón del moribundo mientras que con la izquierda, que había quedado libre después de haber hecho estallar los vidrios contra la pared, desabrochaba su cinturón y comenzaba a hamacarse violentamente sobre la víctima. Luego de varios minutos de un movimiento regular y perturbador, trasladó la carne muerta hasta la bañadera y la dejó allí hasta que se secara por completo.

Lucía, que hacía varios minutos que había abandonado la escena del crimen, esperaba acostada, completamente desnuda y con las piernas abiertas. La música a todo volumen, la puerta del dormitorio entre abierta y expectante, la sonrisa inundada de lágrimas, el ruido de los pasos cada vez más cerca, la oscuridad total.

jueves, 23 de enero de 2014

El "Mono", la eterna sonrisa de Múcura


¿Cuál es el valor de las cosas? ¿Quién les pone precio? ¿Nosotros, los consumidores? ¿Los que le damos de comer al chancho? Es probable, ya que la mayoría de las cosas se rigen por la ley de oferta y demanda.  No existe ningún valor absoluto. ¿Cuánto vale una langosta en un restaurante de buenos aires? No lo sé, pero por lo que se dice, suelen ser bastante caras. ¿Y cuanto si encima la comes en una playa de una isla caribeña? ¿Y si además a esa langosta la multiplicamos por siete? Probablemente nuestros bolsillos sangrarían. Probablemente nos negaríamos a pagar por eso. ¿Y si te dijera que no es tan caro como pensas?  O más aún, ¿si te dijera que es gratis? Seguramente pensarías que estoy fabulando. Que es un simple deseo. ¿Pero si ese deseo se hiciera real?

El “mono” nació en la isla de Múcura, Colombia y probablemente vaya a morir ahí. No tiene otras intenciones, no las necesita. Muchos nos pasamos la vida detrás de esa gran zanahoria que llamamos felicidad. ÉL no. Él ya es feliz, y ni siquiera se pregunta porque, simplemente vive, no busca, está ahí, en el lugar que quiere estar. Todas las mañanas sale a pescar por las aguas cristalinas del archipiélago. Cerca del mediodía regresa a la isla con la pesca del día. Una parte para ganar el mango diario, otra para saciar el hambre. Que manera de mimar su paladar con caracoles, pescados, pulpos, camarones, las ya nombradas langostas, y hasta tiburones y tortugas. Estas últimas sus preferidas. Por la tarde la siesta, el futbol, la juntada con amigos, los cocos, las palmeras y el sol. Y también la luna.

Sospecho que esa tarde no fue una tarde común a las demás para el “mono”. No es que nosotros seamos tan especiales, pero por lo visto no pasa muy seguido que cinco porteños, un inglés de algún pueblo cercano a Londres y un par de rolos (como le dicen a los de Bogotá) se junten a tomar cerveza en el pequeño caserío de la isla Múcura a raíz de una apuesta futbolera en la que como dice nuestro amigo anglo, Argentina lidera, luego viene Colombia y ya fuera de juego Inglaterra. Mejor suerte para el mundial Mr Pete!
Todas estas caras bronceadas de origen blanco deben haber despertado la curiosidad del isleño que inmediatamente se sumó a la ronda y orgullosamente comenzó a contarnos a los más cercanos como pasan los días en esa maravillosa isla, por suerte, bastante poco conocida. Llamaba la atención la alegría y el entusiasmo con que articulaba cada frase, cada palabra. También era llamativo como su sonrisa de infinita blancura contrastaba con su rostro moreno. Imposible apagar tanta alegría. Contagiaba. Era puro, como un niño. Era un niño. La edad no dice mucho de algunas personas, para eso está su espíritu. Se sorprendía de cada comentario o pregunta que le hiciéramos. No podía disimular, o no quería, o mejor aún, no sabía disimular. Tal es así que hasta parecía burlarse de mí cuando le conté que nunca había comido langosta. “¿Cómo podía ser que alguien no haya probado la langosta? Si están en todas partes”, debe haber pensado. De alguna manera tenía razón, en este mundo moderno están en todos lados, o al menos podrían estarlo. De todas maneras yo nunca había tenido la posibilidad o las ganas suficientes de probarla. A raíz de ello fue que el “mono” se comprometió  públicamente ante todo un tribunal de hombres hambrientos a pescarnos y regalarnos unas langostas. Sería mi debut en el tema, no así el de Delfi. Desconozco el prontuario de los demás. Pavada de regalo. Pero había que esperar hasta la mañana siguiente. Y alguno hasta se atrevía a dudar de su promesa. ¿Conocerá la mentira nuestro flamante amigo? Esa era mi única duda realmente.

11 a.m. Bajamos tarde a la playa. Hace días que necesitábamos dormir un poco más. Ya el hotel no daba desayuno. Pero poco nos importó ya que nuestro destino era otro. Apenas pisamos la blanca arena vimos en el otro extremo como el “mono” nos llamaba con las manos. ¿Quién pudo dudar de él?

 Ahí estábamos. Nosotros, él, la playa, el mar, el caribe, una bolsa verde, unas naranjas que parecían limones o unos limones que parecían naranjas, y debajo, siete coloridas langostas ya sancochadas listas para degustar.

Que ricas eran. Que frescas y que tiernas. Y que hermoso momento compartimos  juntos esa mañana de sol en ese increíble lugar. Gracias “mono”.  Y gracias también Delfi, Chango, Lucy, Lucardo; y porque no a Mariano, Giancarlo y Mayra. También a los amigos de Bogotá y a Pete con quién compartimos el picadito y las “polas” de la tarde anterior. Y al profesor Fabio, al “alcalde” Juan Guillermo, a las amigas Pao y Chiro, y a los cinco perros que nos ladraron bajo las estrellas.

Isla Múcura, Colombia!

Y me vuelvo a preguntar ¿Cuánto vale una langosta?


jueves, 7 de noviembre de 2013

Vivir cada día como si fuera cada día


Nunca estuve de acuerdo con la frase que dice que hay que vivir cada día como si fuera el último. De hecho estoy en contra de aquella sentencia. Sobretodo porque la veo completamente perjudicial para cualquier persona. Estoy convencido de que las consecuencias que traería llevar a cabo el contenido de dicha frase pueden llegar a ser devastadoras y de distintas índoles.
 Por un lado, pienso que mucha gente se pasaría el día llorando angustiada por saber que no habrá mañana y que perderá a sus seres queridos, sus posesiones o sus proyectos. Esto causaría una gran depresión general provocando un estancamiento tanto emocional como dinámico. Por otro lado, habría varios que sacarían a relucir deseos por demás oscuros con el aval de que no serían juzgados más allá del final del día. Algunos quizás hasta pueden matar por esto, y al despertarse se desayunarían con una orden judicial para pasar una larga estadía en una jaula. Esto provocaría una superpoblación de las cárceles no dando abasto ni el lugar, ni la comida. Y a esto si le sumamos, que si dentro de las fantasías más prohibidas, encontráramos las relacionadas con los engaños sexuales, como resultado de esto habría más actos de violencia de acuerdo a una posterior venganza que no estaba implorada durante el acto sexual prohibido por la tonta creencia de ser el último día. De ese modo, habría que invertir mucho dinero para la construcción de nuevos pabellones.
Otras personas aprovecharían sus 24 horas finales para dar rienda suelta a los vicios prohibidos por la sociedad o por su Doctor de turno. Comerían, beberían y usarían drogas hasta el hartazgo buscando allí el placer infinito que no tiene futuro. Y al día siguiente, con resaca, con descompostura, con el colesterol por las nubes, y con varias neuronas menos, se lamentarán de haber escuchado y obedecido a esa frase.
Otros simplemente, faltarían a sus obligaciones diarias para pasar un día libre y relajado sin contemplar que a la mañana siguiente, los más afortunados buscarían alguna excusa convincente y los demás buscarían otro trabajo para no quedar en la calle.
En fin, las consecuencias pueden llegar a ser muy desalentadoras para el futuro de la sociedad.
Muchos podrán pensar que mi modo de ver las cosas es un tanto precavido y cauto y sin ninguna emoción donde las cosas son exactas, aburridas y monótonas. Pero en tal caso, yo reformularía la frase de modo que cada día sea vivido como el primero y no como el último. De esa manera, nada sería monótono ni aburrido;  sino por lo contrario, todo sería nuevo, todo estaría por hacerse, todo cambio sería posible. Entiendo que muchos pueden tildar esto de simplista, o de una manera tontamente idealista de ver el mundo. Entonces solo quedaría por decirles que vivan cada día como si fuese ese día, con el trajín de ayer y la incertidumbre de mañana.
                                                                FIN

martes, 29 de octubre de 2013

SILENCIO COLECTIVO

"Se ríen de mí por ser diferente, yo me río de ellos por ser todos iguales" (Kurt Cobain)

Hacía tanto tiempo que no la veía. No recuerdo cuando había sido la última vez. Probablemente haya sido en la facultad, en las clases de derecho romano. Aquellas eternas noches con el profesor Lombardo. Solíamos ir a tomar algo después y discutíamos sobre política. No compartía sus ideales comunistas, pero me excitaba ver el fervor con que defendía sus ideas. Como se le fruncía el ceño y como sus carnosos labios pronunciaban palabras como “marxismo” o “proletariado”.  Siempre tuve el deseo de que pueda poner en esa boca términos como “traqueotomía” “pancreático” o “motricidad”; pero no era estudiante de medicina lamentablemente.

Tardé poco menos de quince segundos en reconocerla. La misma expresión en su cara redonda, el pelo algo más corto que en sus épocas de universitaria.  Con los ojos negros fue buscando un lugar libre. Yo rogaba porque me mirara y me reconociera pero sabía que era difícil. Después de aquel accidente, los cirujanos hicieron hasta lo imposible por acomodar cada parte de mi rostro en su lugar. Desde aquel día, sabía que cada vez que suba a un colectivo la gente trataría de no sentarse cerca de mí. Por miedo, vergüenza o por lo que sea intentaría evitarme a toda costa. No los culpo, yo haría lo mismo.

 Eligió justo sentarse en el asiento de adelante. No había cambiado de perfume. ¿Para que hacerlo? Mi corazón empezó a latir tan fuerte que retumbaba por todo el vehículo. Tuve miedo de que me delate. Rápidamente mis manos se humedecieron. Tenía que tranquilizarme, yo tampoco había cambiado mi perfume.

No tenía idea hasta donde iba ella. A mí me quedaban aproximadamente diez minutos de viaje. Paradójicamente ese día no había tráfico, ninguna calle cortada, ninguna protesta, nada. ¿Dónde estaban los comunistas cuando los necesitaba? El tiempo era más tirano que nunca y no podía dejar pasar esta oportunidad. Había estado esperando este momento por varios años. ¿Cómo hacer para que no se asustara, para que no huyera a otro lugar? Entonces se me ocurrió una idea bastante idiota pero efectiva tal vez. Podría simular un llamado telefónico de alguna de esas empresas que se empeñan en arruinarnos el día ofreciendo felicidad en paquetes. Odiaba todo ese palabrerío estúpido, sacaba lo peor mí. De todas maneras para poder dar mis datos tendría que aceptar aquella supuesta oferta e ir en contra de mis principios; esta vez el fin justificaba los medios.

-Hola
- (silencio)
- Sí, soy yo
-(silencio)
-ehh….cuanto sería el costo final?
-(silencio)
- Y tiene internet ilimitado y llamadas gratis a cualquier otro que tenga cornostar?
-(silencio)
-Bueno si, me gusta el plan, ¿Cómo tengo que hacer?  ¿Cuándo empieza?
- (silencio)
- Si, Rodolfo José Lanzetta
-(silencio)
-Veintisiete millones, tres cuatro uno, seis seis ocho.
-(silencio)
-Mostrocard
-(silencio)
 -Disculpe lo que pasa es que estoy en un colectivo, y con la inseguridad de hoy en día vió. De todas maneras tienen que tener mi número de tarjeta  porque ya venía pagando con el plan anterior.
-(silencio)
-Dale muchas gracias y disculpe, no es de paranoico pero por las dudas.
-(silencio)
-Perfecto, muchas gracias, hasta luego.

Para el momento en que había finalizado la sobre actuación, mi corazón se había desbocado y un charco rodeaba mis pies. Por un instante pensé que no iba a lograr sobrevivir a tanta emoción. Sobre todo cuando su cabeza comenzó a girar como  la tierra alrededor de su eje (como me costaba recordar si era traslación o rotación, aunque por lógica debe ser esta última) hasta llegar a los 180 grados y se detuvo, frente a mí. Toda la seguridad con la que doblaba su cuerpo para encontrarse con aquel viejo compañero de universidad se desvaneció en un segundo al verme. Debe haber sentido tal vergüenza que su corazón, cual fija un domingo, atravesaba galopando y dejando atrás todos los demás corazones presentes, incluso el mío. No había vuelta atrás. Ella había arremetido con una confianza extrema y ahora estábamos cara a cara. ¿Qué habrá pensado ella? ¿Quién es este adefesio que le robó el nombre a mi amigo? ¿Podría ese hombre realmente ser Rodolfo? ¿Por qué giré tan rápido la cabeza? ¿Acaso tanta emoción me daba volver a verlo? Entre todas estas preguntadas que creí que ella se hacía, la que más me convenció para romper el silencio fue la última. Entonces, con el temor de quien se enfrenta al verdadero amor de su vida, deslicé entre mis labios un pequeño y tímido…Jimena. Pude sentir el tremendo nudo atándose en su garganta, entonces decidí seguir con mi monólogo.

-Jime
-(silencio)
-Soy Rodo
-(silencio)
-¿Estoy distinto no?
-(silencio)
-No te preocupes, a todo el mundo le pasa cuando me ve. Ya estoy acostumbrado a ver como sus gargantas se anudan y sus bocas tiemblan.
-(silencio)
-Espero que aun así, te alegre verme. Vos siempre me decías que las apariencias aunque fueran importantes, no eran lo esencial. Sigo siendo el mismo, el que te peleaba por tus ideales revolucionarios, el amigo “conservador”.
-(silencio)
-Por favor contéstame, estoy comenzando a dudar de que vos no seas quién yo pienso. O peor, que yo no sea quien yo pienso.  
- (los nudos no daban tregua y el silencio se volvía cada vez más insoportable)
-Me estás faltando el respeto, me haces quedar como un loco hablando solo, como un psicópata. Y además es una idea fácil de asociar a mi rostro. Por favor, decime algo
-(silencio)
-(levantando considerablemente el tono de voz) Jimena, por el amor de dios, contéstame algo, me estás poniendo nervioso. (Comenzó a brotar espuma de mi boca)
-(silencio)

En ese preciso momento, la rotación lentamente ponía de vuelta a su cabeza en su lugar y dentro de mi cuerpo un volcán reventaba mis tripas; y el fuego subía hasta mi cabeza y mi boca. Toda clase de insultos se clavaban como lanzas en su cuello. Podía oler su sangre helada cayendo por su espalda. Podía sentir como el huracán de mis palabras la arrancaban de su asiento y la alejaban rápidamente de mí. Podía oír su llanto, su vergüenza, la de los seres humanos. Y pude ver como enredaba sus piernas y rodaba por las escaleras hasta dar su cara contra el pavimento. Y también pude ver como su rostro empapado de sangre y hormigón volvía a girar y tras una roja catarata sus ojos y los míos volvían a encontrarse. La nariz rota, los pómulos raspados, los dientes clavados en la calle, y una pequeña palabra que pedía permiso por su boca y sonaba en todos los rincones del mundo, y de mi corazón. RODOLFO!


miércoles, 17 de julio de 2013

El deseo de Caín y el mundo que tenemos por delante


No inventé nada, solo acomodo palabras a mi antojo. Solo bajo al papel la búsqueda constante del deseo. Aunque nunca llegue a encontrarlo. Esto hace que mi mano se mueva, que el bolígrafo se desangre, que mi alma se depure. La eterna catarsis de la insatisfacción. Mi salvación, nuestra salvación, la del mundo entero.

Caín mató a su hermano. Pero no murió con él. Sus piernas todavía funcionaban, su corazón seguía latiendo. Ya quisiera que Abel volviese a nacer cada día; sentirlo respirar y empuñar el cuchillo una y otra vez. No tener que pensar, no tener que salir al mundo, a buscar lo que nunca va a encontrar. O tal vez sí.

 Al morir Abel, nació en Caín la condena, su deseo. Sus ganas de escribir, quizás. Su motor para buscar, para escapar, para correr. La biblia dice que Dios lo condenó a vagar por la tierra. ¿Qué clase de condena es aquella que hace que nos movamos de aquí para allá, que admiremos las distintas formas de la naturaleza, sus ríos, sus montañas y sus playas, que nos insertemos en las diferentes culturas, que nos perdamos en las grandes ciudades?


Gracias, mataste a tu hermano y me redimiste, nos redimiste, nos diste la voz, el amor y el odio, la falta, la vida y la muerte, lo que está más allá, el llanto y la risa. En tu deseo vivimos todos aquellos que supimos matar a Abel. Los que lo intentamos cada día, los que tenemos muchos más Abeles por delante, los que llevamos tu marca en la piel, los sujetos que caminan, que hablan, que se desangran; como este bolígrafo, como esta pantalla, como este deseo, el tuyo, el mío, el del mundo entero. O eso espero.